Bac – documento n° 4 (mitos y héroes)


DIÁLOGO ENTRE EL AUTOR Y SU PROTAGONISTA

 

El pobre hombre temblaba como un [simple_tooltip content=’azogar : foueter‘]azogado[/simple_tooltip], mirándome como un poseído miraría. Intentó levantarse, acaso para huir de mí; no podía. No disponía de sus fuerzas.

– ¡No, no te muevas! —le ordené.

– Es que… es que… —[simple_tooltip content=’balbucear : babiller‘]balbuceó[/simple_tooltip].

– Es que tú no puedes suicidarte, aunque lo quieras.

– ¿Cómo? —exclamó al verse de tal modo [simple_tooltip content=’negar : nier‘]negado[/simple_tooltip] y contradicho.

– Sí. Para que uno se pueda matar a sí mismo, ¿[simple_tooltip content=’qué es menester = qué es necesario’]qué es menester[/simple_tooltip]? —le pregunté.

– Que tenga valor para hacerlo —me contestó.
 – No —le dije—, ¡que esté vivo!

– ¡Desde luego!

– ¡Y tú, no estás vivo!

– ¿Cómo que no estoy vivo?, ¿es que me he muerto? —y empezó, sin darse clara cuenta de lo que hacía, a [simple_tooltip content=’palpar : palper‘]palparse[/simple_tooltip] a sí mismo.

– ¡No, hombre, no! —le repliqué—. Te dije antes que no estabas ni despierto ni dormido, y ahora te digo que no estás ni muerto ni vivo.

– ¡Acabe usted de explicarse de una vez, por Dios!, ¡acabe de explicarse! —me suplicó consternado—, porque son tales las cosas que estoy viendo y oyendo esta tarde, que [simple_tooltip content=’temer : craindre‘]temo[/simple_tooltip] volverme loco.

– Pues bien; la verdad es, querido Augusto —le dije con la más dulce de mis voces—, que no puedes matarte porque no estás vivo, y que no estás vivo, ni tampoco muerto, porque no existes …

– ¿Cómo que no existo? —exclamó.

– No, no existes más que como [simple_tooltip content=’un ente : un être‘]ente[/simple_tooltip] de ficción; no eres, pobre Augusto, más que un producto de mi fantasía y de las de aquellos de mis lectores que lean el relato que de tus [simple_tooltip content=’fingir : feindre‘]fingidas[/simple_tooltip] venturas y malandanzas he escrito yo; tú no eres más que un personaje de novela, o de nivola, o como quieras llamarle. Ya sabes, pues, tu secreto.

Al oír esto quedóse el pobre hombre mirándome un rato con una de esas miradas perforadoras que parecen atravesar la mira a ir más allá, miró luego un momento a mi retrato al óleo que preside a mis libros, le volvió el color y el aliento, fue recobrándose, se hizo dueño de sí, apoyó los codos en mi camilla, a que estaba arrimado frente a mí y, la cara en las palmas de las manos y mirándome con una sonrisa en los ojos, me dijo lentamente:

– Mire usted bien, don Miguel… no sea que esté usted equivocado y que ocurra precisamente todo lo contrario de lo que usted se cree y me dice.

– Y ¿qué es lo contrario? —le pregunté alarmado de verle recobrar vida propia.

– No sea, mi querido don Miguel —añadió—, que sea usted y no yo el ente de ficción, el que no existe en realidad, ni vivo, ni muerto… No sea que usted no pase de ser un pretexto para que mi historia llegue al mundo…

– ¡Eso más faltaba! —exclamé algo molesto.

– No se exalte usted así, señor de Unamuno —me replicó—, tenga calma. Usted ha manifestado dudas sobre mi existencia…

– Dudas no —le interrumpí—; certeza absoluta de que tú no existes fuera de mi producción novelesca.

– Bueno, pues no se incomode tanto si yo a mi vez dudo de la existencia de usted y no de la mía propia. Vamos a cuentas: ¿no ha sido usted el que no una sino varias veces ha dicho que don Quijote y Sancho son no ya tan reales, sino más reales que Cervantes?

– No puedo negarlo, pero mi sentido al decir eso era…

– Bueno, dejémonos de esos sentires y vamos a otra cosa. Cuando un hombre dormido a inerte en la cama sueña algo, ¿qué es lo que más existe, él como conciencia que sueña, o su sueño?

– ¿Y si sueña que existe él mismo, el soñador? —le repliqué a mi vez.

– En ese caso, amigo don Miguel, le pregunto yo a mi vez, ¿de qué manera existe él, como soñador que se sueña, o como soñado por sí mismo? Y fíjese, además, en que al admitir esta discusión conmigo me reconoce ya existencia independiente de sí.

– ¡No, eso no!, ¡eso no! —le dije vivamente—. Yo necesito discutir, sin discusión no vivo y sin contradicción, y cuando no hay fuera de mí quien me discuta y contradiga invento dentro de mí quien lo haga. Mis monólogos son diálogos.

– Y acaso los diálogos que usted forje no sean más que monólogos …

– Puede ser. Pero te digo y repito que tú no existes fuera de mí …

– Y yo vuelvo a insinuarle a usted la idea de que es usted el que no existe fuera de mí y de los demás personajes a quienes usted cree haber inventado.

– ¡Bueno, basta!, ¡basta! —exclamé dando un puñetazo en la camilla— ¡cállate!, ¡no quiero oír más impertinencias…! ¡Y de una criatura mía! Y como ya me tienes harto y además no sé ya qué hacer de ti, decido ahora mismo no ya que no te suicides, sino matarte yo. ¡Vas a morir, pues, pero pronto! ¡Muy pronto!

– ¿Cómo?—exclamó Augusto sobresaltado—, ¿que me va usted a dejar morir, a hacerme morir, a matarme?

– ¡Sí, voy a hacer que mueras!

– ¡Ah, eso nunca!, ¡nunca!, ¡nunca! —gritó

– ¡Ah! —le dije mirándole con lástima y rabia—. ¿Conque estabas dispuesto a matarte y no quieres que yo te mate? ¿Conque ibas a quitarte la vida y te resistes a que te la quite yo?

– Sí, no es lo mismo…

NIEBLA, Miguel de Unamuno (1914)